Un viaje en bicicleta al año 1529. DÍA 3.
En el año de 1529 el cronista y explorador español Gonzalo Fernández de Oviedo tuvo un accidente sobre una peña al lado del mar al tropezar con una piedra afilada que hirió gravemente uno de sus pies.
En el capítulo XXX de su Historia General y Natural de las Indias, lo relata así:
"(...) yendo yo por tierra desde León de Nicaragua a la provincia de Nicoya, en una jornada de aquéllas paré a dormir junto a la costa de la mar, un día a puesta de sol (...)
E estándolo mirando sobre una peña en que batía la mar, vino una ola que me paresció que me podría embestir, e salté (...) e la peña era brescada e tenía puntas, e yo estaba descalzo, (...) e di en una punta de la peña e abrióme el pie cuasi desde los dedos al calcañar por medio de la planta, y quedé muy mal herido y a más de sesenta leguas por andar del camino despoblado hasta Nicoya; e sin cirujano ni otro remedio sino el de Dios, salióme mucha sangre." (...)
Luego Fernández de Oviedo añade que intentó curarse con tocino bien frito, pero aunque le detuvo la hemorragia no fue del todo acertado el remedio aquel. La herida provocada por la afilada piedra solo empezó a sanar con un remedio indígena: el aceite de cacao.
"Entonces, una negra mía dijo que, pues los indios decían que aquel aceite del cacao era bueno para llagas (...)
Y así lo hice (...)
Siguiendo mi camino e llevando la pierna colgada, anduve desta manera más de sesenta leguas hasta Nicoya, donde descansé diez o doce días; e a cabo de veinte e cinco estaba cerrada e sana la llaga, e yo (como) sin haber tenido acidente alguno".
Sí, una piedra le puede complicar a cualquiera un viaje. Un camino de piedras, también.
Según mi plan, el tercer día de mi viaje en bicicleta desde Heredia a Abangaritos consistía en cubrir los 30 kilómetros planos entre Puntarenas y Punta Morales; distancia que pensaba podría recorrer al suave en unas cuatro o cinco horas.
¡Pero tardé nueve horas largas!
Recordaré esta jornada del 9 de diciembre del 2025 como una de las pedaleadas más difíciles y extenuantes que he hecho desde que soy un roco pensionado.
Esa dura jornada empezó así:
En la zona de campamento en Puntarenas ese día me levanté temprano.
Preparé un desayuno, empaqué mis cosas y salí con Karla rumbo a Punta Morales.
Nunca antes había hecho este camino. Por lo tanto, era tierra ignota para mí
Comenzando no más, Karla y yo pasamos por una parte de la otra Costa Rica. La que no sale en los almanaques ni la que cautiva a los turistas. La que no visitan los y las candidatas ni aún cuando están en campaña electoral.
Salí de la zona de campamento y me metí a la zona ruda por la calle que llaman del Boli, cerca del Palí en Chacarita. Zona que limita con barrios marginales y peligrosos de Puntarenas como Fray Casiano, Camboya y San Luis.
Como me topé con varias entradas a diferentes caseríos, no estaba seguro cuál seguir. Entonces paré al lado de la calle para consultar mi mapa.
Estoy con los ojos en el mapa cuando oigo el pito de un bus que viene detrás mío a toda velocidad. Instintivamente me hago a un lado y tropiezo con unas piedras sueltas. El peso de las alforjas no me ayuda en la maniobra y por poco caigo con bici y todo.
Estoy con los ojos en el mapa cuando oigo el pito de un bus que viene detrás mío a toda velocidad. Instintivamente me hago a un lado y tropiezo con unas piedras sueltas. El peso de las alforjas no me ayuda en la maniobra y por poco caigo con bici y todo.
El bus pasa peligrosamente cerca.
Una señora que viene en moto se detiene para ver si estoy bien. Le agradezco y le digo que solo fue un susto.
En ese momento no sabía que era el primer escalofrío del día.
Pasado el trago, sigo consultando el mapa y veo venir un muchacho.
Le pregunto, y muy amablemente me orienta. Me advierte que me cuide, aunque de día -dice- no es tan peligroso como de noche.
Una vez identifiqué la entrada que debía tomar seguí mi camino.
En las barriadas voy más o menos rápido y sin tomar fotos. Usted entenderá por qué.
Después de las barriadas, Karla y yo pasamos por un camino convertido en un botadero a cielo abierto con zopilotes y cadáveres de animales que se pudren al sol.
Al salir del basurero, me metí en cañales interminables propiedad de ricos hacendados en los que tuve que devolverme un par de veces, pues me enredé en rutas equivocadas y sin un alma a quien preguntar.
En ese poblado algunos andaban agitados, pues unas abejas habían picado a unos cuantos por ahí. En Pitahaya compré algo para merendar y continué.
Poco después de Pitahaya me senté al lado del camino para tomar un descanso y comer un bocadillo.
En aquella soledad veo venir a alguien en bici. Noto que es un cicloviajero con alforjas.
El hombre sonríe y se detiene porque entre ciclo-locos existe cierta camaradería natural.
Era un simpático joven turista suizo que hablaba bastante bien el español.
Era un simpático joven turista suizo que hablaba bastante bien el español.
Me dice que está encantado de Costa Rica, pero que el camino hacia Punta Morales estaba en terribles condiciones con mucho barro y piedras.
Nos despedimos.
Y sí, este suizo me dejó pensando.
Una hora después estaba batiendo barro y acordándome del turista.
Luego, en algún punto el camino desapareció.
De hecho, las aplicaciones de GPS me llevaban por senderos inexistentes que recién se llevaron los ríos desbordados. Por lo tanto, tuve que meterme entre algunos cañales para intentar reencontrar más adelante la trocha.
En otros casos, a paso lento empujé la bici sobre un lecho de piedras cuidando de no golpear a Karla y destrozar la cadena o los piñones.
Finalmente, después de muchos vericuetos llegué al río Guacimal del que sabía de antemano que carece de puente.
De lo que no tenía noticia era que el río ha formado recientemente un segundo brazo. Este tuve que pasarlo con el agua hasta la cintura y Karla flotando a como pudiera, cuidando de no resbalarme.
En fin, lo que pensé sería un viaje sencillo de solo 30 kilómetros sobre terreno plano resultó un tropezón que no pude imaginar.
Al final del día, luego de nueve horas llegué exhausto y hambriento a Puerto Morales.
Ruta que seguí entre Puntarenas y Punta Morales
Fui a dos zonas de campamento pero nadie apareció. Entonces, busqué cabinas, llamé, silbé, y hasta carajié para mí mismo, y nadie me abrió.
Estaba pensando en acampar en la playa cuando al quinto intento encontré unas cabinas baratonas.
Estaba pensando en acampar en la playa cuando al quinto intento encontré unas cabinas baratonas.
No había clientes, solo yo.
Todo el pueblo estaba -o me pareció- desolado.
Después de recuperarme un rato, salí a tomar una cerveza a un bar más o menos cercano.
Había una muchacha.
Resulta que trabaja ahí como "dama de compañía". Hablamos. Me contó que es madre de cinco hijos, pero que no los puede ver, pues los familiares han alejado a los hijos de la madre debido al dudoso oficio de ella. Me dice que ni siquiera en esta Navidad los podrá abrazar y que eso la deprime. Dice que a veces ha pensado en suicidarse.
En resumen, este fue un dia no de perlas, sino de piedras.
Un día de muchos contrastes de una Costa Rica abandonada con barrios marginales de alta criminalidad, cañales silenciosos de ricos hacendados, caminos desolados, traicioneros de barro y piedra, ríos sin puentes y madres jóvenes que trabajan en bares para vergüenza de ellas y de sus familias.
¿Será que mañana -donde según mis planes consiga llegar a Abangaritos- veré otra Costa Rica?
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