Un viaje en bicicleta al año 1529. DÍA 2.
Según escribí en la entrada anterior, en el año 1529 el cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo visitó durante un mes el golfo de Nicoya o golfo de Orotiña como lo menciona él.
Si usted lee el capítulo IX de la primera parte de su Historia General y Natural de las Indias verá que el cronista español habla de las perlas que los indígenas sacaban de las ostras.
Fernández de Oviedo llama a las ostras, nacarones.
Así lo relata:
En el golfo de Orotiña e islas que hay en él, así como Chira, e Chara e Pocosi e otras que son dentro del Cabo Blanco (...) he yo visto muchos destos nacarones. (...)
Estos nacarones, por de dentro son de hermosa vista y lustre, e resplandecen como las ostias de las perlas (...)
(...) Las perlas que en estas conchas de los nacarones se hallan, no son finas ni de buen color, sino turbias, y algunas leonadas, e algunas cuasi negras, e también se hallan blancas, pero no buenas.
En otras palabras, Fernández de Oviedo no encontró muy finas las perlas que extraían los indígenas del golfo de Nicoya.
Yo, en cambio, sí puedo decir que encontré de perlas el bello camino entre Orotina y Puntarenas.
Por el camino que va de Orotina a Cascajal, pasando por
El Mastate, La Ceiba e Hidalgo.
El Mastate, La Ceiba e Hidalgo.
Se trata del trayecto que saliendo de Orotina pasa por El Mastate, sigue por la Ceiba y de ahí se orienta hacia Hidalgo y Cascajal.
Sentí ese camino como una experiencia bellísima de transitar en bicicleta.
Y hasta diría que Karla también disfrutó muy a su gusto ese paraíso.
Y hasta diría que Karla también disfrutó muy a su gusto ese paraíso.
Es una ruta en su mayoría de lastre, con muy poco tránsito de vehículos y con árboles añosos, venerables y preciosos a ambos lados del camino.
Por estos lados, dos estaciones abandonadas del desmantelado Ferrocarril Eléctrico al Pacífico: la de Hidalgo y la de Cascajal, se empiezan a caer a pedazos.
En la estación de Hidalgo encontré a un señor algo mayor que cantaba al aire libre una triste canción.
Me acerqué. Me vio. Y siguió con su tonada de despecho.
Cuando dejó que el viento se llevara su lamento bajó de donde estaba sentado y me preguntó por el viaje.
Le conté, y me escuchó.
Y luego sin yo preguntarle él me confió unos retazos de su historia.
A grandes rasgos dijo:
- Yo era ingeniero de máquinas, pero cuando Figuerillos cerró el ferrocarril me quedé sin empleo.
Figuerillos arruinó a todos estos pueblos.
Mis dos hijas son profesionales. Trabajan en San José. Pero ni siquiera me llaman por teléfono.
Oiga, usted tiene voz de locutor. ¿Dónde trabaja?
¡Ah, trabajó en radio pero ya está pensionado!
Luego los dos rocos nos despedimos con una pequeña broma. Le dije que lo había grabado en mi celular y que su voz de cantante iba a sonar en la radio. De su tristeza salió una sonrisa cómplice.
La pequeña estación de Hidalgo y su cantante.
Seguí mi trayecto.
En la estación de Cascajal vi dos perritos. Un señor estaba tratando de ofrecerle algo de comida a uno de ellos.
El perrito no se veía desnutrido, pero según el señor estaba perdido o sin dueño.
Luego, este buen hombre que no era del lugar, subió a un camión repartidor y se fue.
Vi, entonces, que en el camino de la vida uno halla perlas. Algunas de alto valor como los paisajes de encanto que acababa de recorrer; o como este chofer de buen corazón que se ocupa de un animal desconocido..
Otras perlas son menos pulidas y preciosas como la historia del ingeniero desempleado, olvidado por sus hijas.
Estación de Cascajal.
Me despedí de Cascajal rumbo a Puntarenas.
Karla saliendo de Cascajal.
Salí a Uvita y Matamoros, dos poblados algo estresados por estar justo al lado de la siempre bulliciosa 27.
Ahí tomé rumbo hacia Machuca. Pero muy pronto, en vez de un camino, me topé con un portón cerrado al lado de la herrumbrada línea del tren.
El portón daba a una casa donde un perro denunció mi presencia. Salió el dueño y le comenté que según el mapa en mi teléfono por ahí había una ruta hasta Machuca.
Me dijo que efectivamente existe esa ruta, pero que se trata de un camino privado de su finca y que debido a las fuertes lluvias recién pasadas ahora era un trillo en pésimas condiciones. Me advirtió que ir por la línea del tren sería un poco complicado. Agregó que la otra opción era seguir por la 27, que muchos ciclistas van por ahí y que en general los policías de tránsito no aparecen por esos lados.
Lo pensé un poco y decidí aventurarme por la línea del tren, pero no llevaba ni trescientos metros cuando me metí en un espinero de malezas y durmientes desbarrancados que prácticamente flotaban en el aire apenas como para quebrarme ambas piernas.
Las espinas rasgaron mi pantalón y consideré que si seguía por ahí y al paso que iba llegaría al anochecer a Puntarenas y hasta con los calzoncillos rotos.
Entonces me devolví.
Salí a la pista y me volé dos kilómetros hasta encontrar la entrada a Cambalache y Machuca por la ruta 755.
En Cambalache volvieron los paisajes bonitos y tranquilos no machucados por la autopista.
Al llegar a Salinas me dirigí hacia Mata de Limón, ahora sí siguiendo la línea del tren buscando alcanzar la pequeña estación que algunas veces me vio bajar del ferrocarril siendo yo un niño.
Crucé el nuevo puente sobre el estero.
Y llegue a Caldera.
Esperaba recorrer rápido la ciclovía, pero el mar sepultó en arena parte de ella. No pudiendo pedalear sobre ese arenal me bajé y empujé la bici al lado de las grandes rocas que hacen de tajamar.
Superé Roca de Carballo y pasé por la nueva ampliación del puente de Barranca.
Finalmente, culminé el trayecto de ese día en una zona de campamento en San Isidro de Puntarenas.
Cuando llegue a la zona de campamento, solo había dos muchachas que se marcharon hacia el final de la tarde quedando todo el campamento para mí.
Cociné mi cena y pasé un buen rato repasando mentalmente los rincones, paisajes, colores, sonidos y sabores del camino del día.
Mi toldo de refugio y aventuras.
Me acosté pensando que la jornada siguiente sería otro camino de perlas, pero estaba muy equivocado.
Demasiado equivocado.
En este segundo día hacia Abangaritos
fue relativamente sencillo de pedalear
los poco más de 35 kilómetros
entre Orotina a Puntarenas.





















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